A sus quince años, y con ningún acontecimiento en su vida más interesante que aquél momento en que llegó a Totolapan el Circo Atayde, ahora se encontraba con un nuevo cúmulo de sentimientos que no hallaban salida de su ser. Ella no sabía que años más tarde los hechos que experimentó ese domingo se transformarían en una de las expresiones más usadas en su localidad y más allá de sus fronteras.
Hacía más de 5 años que no veía a Manuel, su hermano mayor, quien encontró un Totolapan más chico que sus impulsos y había viajado más lejos que la última parada de la línea de carretas Los Volcanes que para Jesusa le parecían llegaban al fin del mundo. El último recuerdo que tenía ella de su hermano era el momento en que le daba la bolsa de cuero curtido que él había heredado de su abuela materna, quien muriendo le pidió que depositara ahí todas las esperanzas de la familia López de Aramberri.
Manuel partió un dia de lluvia, de domingo. Jesusa observa ahora que este día de domingo pareciera más feroz y gris que aquél que cuando vio a Manuel la última vez. "Jesusa, guarda en este bolso la esperanza de volvernos a ver". Fue la última vez que escuchó la viva voz de su hermano. Y desde entonces guardaba el tono y música de sus palabras en el bolso que ya no era más suyo, sino que ahora llevaba la promesa de su hermano a otras sucias, malvadas y desconocidas manos. Nadie más que ella comprendería la magnitud de su pérdida y nadie que se convirtiera en dueño (temporal, claro, por que ella sabía que volvería a verlo) de la bolsa comprendería su valor real.
La lluvia comenzaba a cesar. Jesusa corrió con Doña Clotilde, quien fuera de su hermano era la persona en quien más confiaba. Ella había guardado sus secretos y compartido sus penas con Jesusa durante años y desde su puesto de maíz tostado en el mercado le daba las más recientes novedades del pueblo.
"Cloti, perdí la bolsa de Manolo!" Alcanzó a decir antes de caer en sus brazos más rápido que lo que sus lágrimas caían de su mejilla al suelo. "Calma Chuchuta, yo me aseguraré que todo Totolapan busque tu bolso, seguro lo encontraremos". Esta nueva promesa llenó a Jesusa de un consuelo ténue, pero cálido que redujo la creciente amargura en su corazón.
Días más tarde todo Totolapan clamaba por el bolso perdido de Jesusa. Era tal la pena con la que Jesusa se dejaba ver por las calles del pueblo, que no hubo nadie que no quisiera ir con su vecino a indagar sobre algún rastro sobre el bolso de Jesusa. "A Chuchita la bolsearon, dicen que perdió cien monedas de oro", "A Chuchita la bolsearon y ahí tenía el crucifijo de su abuela", y muchas otras historias rodeaban sobre la bolsa de Jesusa.
Por diez días el único pendiente de las cincuenta familias de Totolapan era la bolsa de Chuchita. El único evento que pudo sacar a Totolapan del estupor de la búsqueda fue el trepidar de carretas, caballos y un organizado caos con un hombre vestido de charro al frente, que justo a la entrada del pueblo dijo las siguientes sentencias:
"Mi nombre es Emiliano Zapata, jefe del ejército campesino revolucionario del sur, y demando su hospitalidad y alimentos para mis hombres.
A lo que la única voz que reaccionó, la del hijo de Clotilde, respondió: "Señor, no podemos ayudarle, a Chuchita la bolsearon"